ROMANCES DEL DUQUE EL RAYO Y LA FUENTE 

Entregado en mano en la concentraciķn Carmelitana en  Alba de Tormes, aņo 2000

I
Era en el siglo de Oro 
Cuando aún los nobles vivían 
En sus castillos y feudos 
Y eran amos de sus villas. 
Eran los tiempos dichosos 
En que la Doctora Mística 
Reformando su Caramelo 
Recorría las dos Castillas, 
Y la fama de su nombre 
Con los de sus carmelitas 
Entre el pueblo y la nobleza 
Comenzó a tener estima. 

Se hallaba el Gran Duque de Alba 
Que Fernando se decía 
En Salamanca la sabia 
Do grandes honras le hacían 
Por su bravura y nobleza 
Y de Flandes las conquistas. 

En Salamanca se hallaba 
Y tornarse ya quería 
A su Castillo del Tormes 
Baluarte de la villa. 

Que los nobles que son bravos 
Nunca las cortes envidian. 
Aman mucho sus castillos 
Y aman más sus baterías. 

II 
El cielo con negras nubes 
Todo estaba encapotado 
Y apenas el sol ardiente 
Sus abrasadores rayos 
Conseguía que en la tierra 
Siguieran todo abrasando. 

Un ambiente caluroso 
De atardecer de verano 
Fatigaba los sentidos 
Produciendo al respirarlo 
Asfixias caniculares 
Como inminente presagio 
De la tormenta horrorosa 
Que arrasa cosecha y campos. 

Los caballeros del Duque 
A su señor avisaron 
Que la tormenta era grande 
Y el camino era muy largo. 

«Que preparen presto el viaje, 
Respondió el bravo Fernando, 
Que no ha de temer tormentas 
El que es tenido por rayo». 

A eso de la media tarde 
Salió el Duque de Palacio 
Y a su Castillo de Alba 
Emprendió el camino largo. 

Grandiosa carroza lleva 
Tirada por seis caballos 
Con tiros de blanca plata 
Y de fino oro bordados. 
La victoriosa bandera 
En el siniestro costado 
Y haciéndole compañía 
Sus valientes fijosdalgos. 

Atravesaron el Tormes 
Por el gran puente romano 
Y la «Vía de la plata» 
Camino espacioso y ancho 
Animaron con el trote 
De los fogosos caballos, 
El trepidar de las ruedas 
Y el restallar de los látigos. 

Volando va la carroza 
Veloces van los caballos 
Ora suben altas lomas 
Ora corren luengos llanos 
Ora se hunden en los valles 
Entre encinas y sembrados. 

El Duque en todo el camino 
Del viajero es saludado, 
Que al divisar la carroza 
Con el pendón y caballos 
Todos dicen: « Viene el Duque 
Nuestro Duque Don Fernando » 

Y a la vera del camino 
Se van quedando parados 
Para ver y saludar 
Al invicto Castellano. 
Pasaron el Gargabete 
Y a Calvarrasa llegaron 
Cuando los truenos bramaban 
Y fulguraban los rayos. 
Fernando mandó seguir 
Fiado de sus caballos 
Que son ligeros cual viento 
Y valientes cual su amo. 

III 
Como veloces lebreles 
Corren en las monterías 
De Calvarrasa los D'Alba 
Sin ningún temor salían 
Atravesando fugaces 
Por la llanura vecina. 

Del valle de los Perales 
Se hundieron en la neblina, 
Mas al llegar al regato 
Les detuvo la crecida 
Que en furiosos remolinos 
El paso todo cubría. 

A vado lo atravesaron 
Con el agua hasta las cinchas 
Y la carrera emprendieron 
volando la cuesta arriba. 

IV 
Los caballos resbalaban 
Y patinaban las ruedas 
El cielo se oscurecía 
Los rayos como culebras 
Se enroscaban en las nubes 
Que cual fantasmas aviesas 
Cruzaban el firmamento 
Entre fragores de guerra... 
Y el más valiente corcel 
que orgullo del Duque era 
Se perniquebró una mano 
Al darse contra una piedra. 

Todos quedaron parados 
En la mitad de la cuesta 
Avergonzados de verse 
Vencidos por vez primera. 
A una encina se arrimaron 
Que cual pabellón de guerra 
Refugio les ofreció 
Contra la metralla inmensa 
Que las nubes arrojaban 
Airadas sobre la siembra.

« Señores, dijo Fernando, 
Como cristianos de veras 
Respetemos los designios 
De Dios y su Providencia. 
No es de valientes luchar 
Contra la Naturaleza, 
Y aunque el valor sobra mucho 
Esperemos que esclarezca». 
«Muchas centellas la encina 
Suelo atraer, y esta nuestra 
Es la más alta y copuda», 
Dijo el caballero Atienza. 
Al cual Fernando responde: 
«Tanto mejor, más la piedra 
Detendrá. Y si es que miedo 
Tenéis vos a las tormentas 
Allá en el convento de Alba 
Tengo a la madre Teresa 
Que es santa y puede muy bien 
Hacer que Dios nos proteja. 
Ella nos ayude a todos 
Por todos rogará ella". 

V 
Aquí fuera en otros tiempos 
De ángeles atendida 
Cuando la madre Tersa 
De Salamanca volvía. 
La oscuridad de la noche 
Del camino las despista 
Y las monjitas cuitadas 
Al cielo auxilio pedían. 

Unos ángeles con luces 
A la fuente cristalina 
Les guiaron y agua fresca 
Como alivio la ofrecían. 
Lugar ya santificado 
En otro tiempo, volvía 
A recordar que Teresa 
Para si lo requería, 
Y que su nombre quedase 
Unido a estas encinas. 

VI 
Esa santa castellana 
Que dicen reformadora 
De la orden del Caramelo 
Se hallaba en Alba y a solas 
Retirada en su celdilla 
Rogaba a Dios amorosa 
Por todos los bienhechores 
De su Sagrada Reforma. 

VII 
Teresa rogaba al cielo 
Y en el cielo cruzó un rayo 
Que sobre la vieja encina 
Donde estaban cobijados 
Descargó toda su saña 
Haciendo en el Duque blanco. 

El resplandor y chasquido 
Al de Alba dejó aterrado 
Y pajes y caballeros 
Tendidos y desmayados 
A su vera sin sentido 
Estuvieron grande espacio. 

Un madero la centella 
Desgajó del duro árbol 
Y en él una clara cruz 
Dejó calcinada el rayo, 
Mientras que ilesos los hombres 
Quedaban y los caballos. 

El madero con la cruz 
Estaba del Duque al lado 
Con la cruz mirando al cielo 
Y el prodigio atestiguando. 

Tornaron todos en sí 
Vuelve el Duque de su espanto 
Y un clamor de admiración 
Salió de todos los labios. 
«¡Milagro!, claman gozosos, 
Prodigio de Dios, milagro 
Que esa bendita Teresa 
Del Señor nos ha alcanzado!». 

Y postrados de rodillas 
Besan el madero santo 
Con la cruz y para Alba 
Con cariño la llevaron. 

VIII 
Ya se parte para Alba 
El Duque y su compañía, 
Hablando van del suceso 
Como de recién conquista. 

Los fidalgos van riendo 
Y el Duque pensando iba 
En dar al cielo las gracias 
Por la merced recibida 
«Que el agradecer es flor 
Lozana en toda Castilla 
Y el que es flor de castellanos 
La tiene muy grande estima. » 

Y al llegar a Terradillos 
Que es arrabal de la Villa 
Y que paga al Duque «pechos» 
Y le rinde pleitesía, 
Allá en la espaciosa loma 
Alba estaba entre neblina 
Rodeada de murallas 
Que muy bien la defendían 
Con el Alcázar ducal 
Solar de la dinastía 
Y las torres de San Juan 
De San Pedro y las Benitas 
La Cruz y los Franciscanos, 
San Miguel, Santa María, 
San Andrés, Santo Domingo, 
San Martín, feligresías, 
Que unidas a San Esteban 
El Cabildo componían, 
Presididos por Santiago. 
Y rodeando la Villa 
Las ermitas del Otero 
Y la Virgen de la Guía. 

La vega estaba inundada 
Por la espantosa crecida 
Del fecundo río Tormes 
Y el agua llegado había 
Al Convento de Jerónimos 
Que está fuera de la Villa. 

La Duquesa con sus damas 
A esperarles acudían 
Y el pueblo a su buen señor 
Le daban la bienvenida. 

Don Fernando, agradecido, 
El suceso refería 
Y antes de entrar en el fuerte, 
En el Carmen de rodillas, 
Dieron al Cielo las gracias 
Por la merced recibida. 

Al Convento de Teresa 
Donó el leño de la encina 
Forrado de filigrana 
Como preciosa reliquia. 

Y en el lugar del milagro 
Una fontana votiva 
Se labró en recordación 
Y una pequeña ornacina 
Con la imagen de la Santa 
Se conserva todavía, 
Fuente de Santa Teresa 
la llaman los de Castilla. 

Texto: Raimundo Barrado. 

ES UN OBSEQUIO DE LA HERMANDAD DE SANTA TERESA

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